miércoles, 20 de julio de 2016

A bordo del Moonbeam IV, por María Climent

De nuevo vuelve la frescura de María Climent, "Coquine", a esta página... después de su contacto con el ambiente de los clásicos en la Vela Clásica de Mahón quedaba el embarcarse en un barco... y qué mejor oportunidad el poder hacerlo en el Moonbean IV, y además, en la regata Puig Vela Clàssica Barcelona!

(Below you can read English)


Los clásicos o el Moonbeam IV

“El segundo es el primero que pierde”. Cuando escuché a France decir eso, supe que no es lo mismo navegar en un clásico que navegar en el Moonbeam IV. Acababa la última jornada de la Puig Vela Classica Barcelona y una pelea entre la contraescota del jibtop y la botavara de la mayor (gracias, Diana, por la explicación) nos había hecho perder un primer puesto que habíamos saboreado durante la mayor parte de la manga que iba a decidir el resultado final.


Un segundo puesto no vale en un barco ganador. Y un barco ganador sólo puede tener una tripulación ambiciosa y luchadora. Como France.
Primera lección aprendida. “No hay segundo, majestad”. Nada de conformarse.
No puedo afirmar que esto no es así en todos los clásicos, pero a nadie se le escapa que este barco es diferente. Aquí se respetan los protocolos, la estética, las buenas formas y las costumbres de una manera muy especial.


Las cabezas se cubren para entrar y salir del puerto. Los cuerpos, ni qué decir. Pero no de cualquier manera. Trajes de tela áspera y pañuelo al cuello. Blancos, duros, de trabajo. Marcados con el enorme 8 que te recuerda que, como el número infinito, el Moonbeam IV aspira a la eternidad.


Es tal la fuerza del escenario que hace falta un golpe de realidad para volver a la tierra. A cubierta. Al presente. Muy amables, muy franceses (en el mejor sentido de la cortesía y la exquisitez) y muy sonrientes, sí… pero lo primero es la seguridad y en esto Mik no deja margen. “Culo en tierra”, sentencia. Faltaría más.

En el reparto de funciones, a mi poco más de 1,60 le tocó el foque, con Junie al mando. Menuda, rubia, sonriente y divertida. Como su vela. Pizpireta. Y muy joven. Tanto, que casi sorprende su profesionalidad y eficiencia. Mi Junie nos explicó de dónde, cuándo (que, claro, era cuando ella decía) y cómo había que tirar. “Aunque me vaya al agua en el intento”, piensas. Y no te parece descabellado, porque, ciertamente, esas velas tienen fuerza. 


Literalmente vi volar un par de veces a Cristina ante mis ojos y perdí la cuenta de las veces que caí yo. “Culo en tierra”. Caray, y tanto.
Pese a todo, las pequeñas heridas y los morados merecieron la pena. Realmente sientes que formas parte de algo grande. De la grandeza al timón del capitán. De la sabiduría de Jordi y de Pierre. De la habilidad de Guillaume y Christian, marinos y acróbatas. De la fuerza conjunta de una tripulación a la que apenas ves desde proa, pero que sabes que está, tan necesaria como es su energía para gobernar al gigante.


Ellos
Me sorprendió otra cosa. Para ellos, para Mik, Pierre, Christian, Aude, Sami y los dos Guillaumes. Para France y Junie. Para Diana, Natalia, Jordi y Cristina. Cada regata es diferente. Y no porque cambien las condiciones, eso se da por sentado. Sino porque en cada puerto, casi en cada prueba, la mitad de la tripulación es nueva. Y, con frecuencia, novata como yo.
Tal vez ellos no lo vean así, no lo sé. Pero, con los contras evidentes que esto supone, me da la impresión de que, en el fondo, también presenta algunas ventajas (reconozco que tal vez no muchas) si tienes un espíritu aventurero. El reto de dirigir a una tropa virgen en la batalla. La gracia de lo desconocido. El no saber cómo reaccionará la camada. Medir tu propia paciencia.
Y no es tan fácil. Menos en un barco así. No pueden decirte que tires del cabo rojo, porque no hay colores en el Moonbeam IV. No pueden estar seguros de que les entiendes en su perfecto francés cuando contestas en tu perfecto español o en la amplia gama de ingleses que se habla allí.
Pero te dan las gracias. Cada vez. Por esforzarte.


Y luego, cuando todo acaba, sólo quedan ellos. Los de siempre. Para recoger las velas y dar al barco su sesión de cuidados. “¿Me ayudas?” Dice Aude. Y la ves tan pequeña como tú. Incluso más delicada. Y piensas que, si ella puede, tú también. No sé la de veces que me quedé asombrada por la fuerza y la destreza de esos cuerpos tan menudos. Es entonces cuando aprietas los dientes e intentas que no se note que te quedas sin resuello al tercer tirón.
Es entonces cuando aprendes la segunda lección: no hay gente pequeña en las filas del 8.


Y eso es así en todos los sentidos. Lo confirmé cuando la tripulación estalló en jaleos y aplausos al anuncio del campeón en la entrega de premios. Hicieron honroso pasillo al ganador, su hermano mayor, el Moonbeam III, y celebraron la victoria de éste de corazón. A mis ojos, eso los hizo aún más grandes.

No hay gente pequeña en el 8. No hay segundo que valga.

Y, pase lo que pase, al final, siempre queda The Tutsies. Para darlo todo. Para dejar claro que las regatas son mucho mar, pero también, y sobre todo, mucha vida. Pero claro, eso ya es regata en tierra… y, en ésa, ya no es mi primera vez.

Buen viento.
Texto: María Climent

PD. Como Luis tiene por costumbre darme carta blanca, me tomaré la libertad de incluir algunos agradecimientos.
El primero, al capitán. A Mik. Por dejarme vivir su barco. Y a toda su tripulación. Sois exquisitos, de verdad. Disculpad que escriba sobre vuestro (nuestro) segundo, siendo, como sois, campeones habituales. Y disculpad, una vez más, si escribo mal vuestros nombres.


El segundo agradecimiento va para todos los amigos que durante tanto tiempo me habéis enseñado a disfrutar del mar y de la vela. Si aprecio esta experiencia como se merece es por vosotros. Entre ellos, cómo no, muy especialmente a Diana, mi guerrera, quien nació de un tambucho y me ha abierto todas las escotillas.
El tercero, a Natalia. Ella me abrió su casa y me hizo sentir como en la mía. Estoy segura de que te va a ir muy bien.
Y por último, otra vez, a Luis. Porque me deja escribir en su blog, pero también porque vino hasta el barco en cuanto atracamos, bajo un sol de justicia, para inmortalizar el recuerdo. Para retratar “mi” música.


Gracias a ti, María Climent


The classics or Moonbeam IV

“The second is the first to lose”. When I heard France say that, I knew that it is not the same sailing on a classic yacht as it is to sail on the Moonbeam IV. Just finished the last day of the Puig Vela Clàssica Barcelona and a fight between the contrescota of the jiptop and the greater sprit (thanks Diana, for the explanation) we had lost a first place that we had tasted during part of the race that was to decide the final result.

Second place is not worth for a winning boat. And a winning boat can only have an ambitious and feisty crew. Just like France.
First lesson learned. “Your majesty, there is no second place.” Nothing to comply.

I can’t say for sure if it is not like this onboard all the classic yachts but no-one misses that this boat is different. Here they respect protocol, aesthetics, good manners and customs in a very special way.

They cover their heads to enter and leave the port. The bodies, that goes without saying. But not in any way. Suits of rough fabric and neckerchief. Whites, hard work. All marked with the large number 8 that reminds you, like the infinite number, the Moonbeam IV aspires to eternity.

It is such a strong scene that it needs a bang of reality to return to earth. To cover. The present. Very friendly, very french (in the best sense of courtesy and exquisiteness) and smiling a lot, yes… but safety first and in this Mik does not leave room for error. “Ass in the ground”, statement. Would you need more?

When they were handing out duties, with me, little more than 1,60m, I got the jib, with June at the wheel. Small, blonde, smiley and fun. Like her sail. Pizpirela. Very Young too, soo much that I was almost surprised by her professionality and efficiency. My June explained to us, from where, when (that, of course, it was when she said) and how we had pull. “Even though I’ll fall in the water trying”, you’re thinking. You don’t appear wild, these sails have power.

I literally saw with my own eyes, Cristina flying a few times and I lost count of how many times I fell myself. “Ass on the ground”. Wow both times.
Despite everything, the little injuries and bruises were worth the trouble. You really feel like you are part of something big. From the grandiose captains helm. From the wisdom of Jordi and Pieree. From the ability of Guillaume and Christian, sailors and acrobats. From the combined strength of a crew you barely can see from the bow but you know that it’s there, so necessary is their energy to control the giant.

Them

Another thing surprised me. For them, for Mik, Nuoffer Pierre-alexandre, Christian, Aude Acr, Samuel Legrand and the two Guillaumes (Guillaume Ragot). For France and June Juni. For Diana, Natalia, Jordi and Cristina Trujillano. Each regatta is different. Not because they change the conditions, this you get by feeling. If not because in each port, almost in each test, the half of the crew is new. Frequently with a novice like me.

Maybe they don’t see it like this, but with the evidence to prove otherwise that this supposes, it gives me the impression that, at the bottom, it also presents some advantages (I recognise that maybe not many) if you have an adventurous spirit. The challenge of leading a virgin troop into battle. The grace of the unknown. Not knowing how the litter will react

And it’s not that easy, even less on a boat like this. They can’t tell you to pull the red rope, because there are no colours on the Moonbeam IV. The cannot be certain that you understand them speaking in their perfect French when you answer in your perfect Spanish or in the wide range of “Englishes” spoken on the boat.

Later, when everything finished, there was only them left. Same as always. To pick up the sails and give the boat their care and attention. “Will you help me? Aude said. You see her as small as you. Even more delicate. You think, if she can, you can. I don’t know how many times I was amazed by the strength and skill of such small bodies. It’s when you grit your teeth and try you don’t notice that you’re out of breath until the third pull.

It’s like that in every sense. I confirm that when they announced the winner and gave out the prizes the crew burst into applause. They made a passage of honour for the winner, her big brother, the Moonbeam III, and celebrated her victory from their hearts. To my eyes, this made them even bigger.

There are no small people on board the 8. There is no second that is worth it.

Whatever happens, at the end, there are always The Tutsies. To give it everything. To make it clear that the regattas are a lot of sea but also, a lot of life. But of course, this is already a regatta on the ground and in that, it isn’t my first time.

Good wind

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PS. As Luis likes to give me a blank cheque, I took the liberty of including a few thanks.

The first, to the captain, to Mikael Créac'h. For letting me live his boat and to all of his crew. You are exquisite, truly.
I’m sorry I had to write about your (our) coming second, feeling as you all do, champions by nature. And sorry one more time if I wrote your names wrong!

The second thanks go to all of my Friends who for a long time you have shown me how to enjoy the sea and sailing. If I am appreciating this experience how it is supposed to be it is because of you. Between them, how could I forget, especially Diana Gonzalez Gandia, my warrior, who was born in a locker and opened all of my hatches.

The third, to Natalia Diaz. She opened her home and made me feel like I was in my own. I am certainly that you will do very well.

And the last is to, another time, Luis Fernández. Because you let me write on your blog, but also because because it came up as the boat docked, under a blazing sun, to immortalize the memory. To portray "my" music.

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©Luis Fernandez